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Laidi Fernández de Juan: todo lo que soy se lo debo a mis padres

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LAIDI FERNÁNDEZ DE JUAN min

Dialogar con la doctora Laidi Fernández de Juan, médica y escritora habanera, deviene verdadero placer para cualquier profesional de la prensa, ya que se considera, en el campo de las letras cubanas contemporáneas, una de las mejores narradoras surgidas en la década de los 90 de la pasada centuria.

Mi interlocutora es doctor en Medicina por la Universidad de La Habana. Ejerció la profesión hipocrática, a la cual se dedicara en cuerpo, mente y espíritu. Cumplió misión internacionalista en África…, pero la atrapó el arte de escribir, y poco a poco, «como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo», según el pensador heleno Annon, fue sustituyendo el estetoscopio, el esfigmomanómetro, el examen físico y la entrevista clínica (recursos utilizados en el contexto de la relación médico-paciente) por el ordenador, para relatar los más disímiles temas, donde prevalecen —sobre todo— los que atañen directamente a la mujer.

La doctora Fernández de Juan es miembro de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

¿Qué significa para usted ser miembro de la Asociación de Escritores de la UNEAC, organización cultural que cumple este año el aniversario 60 de su fundación?

Ante todo, un honor y un compromiso, sobre todo en estos tiempos difíciles, signados por los despiadados ataques de los enemigos externos e internos, y en los que se impone salvar la Revolución, la Patria y la Cultura, «escudo y espada de la nación cubana», al decir del Comandante Fidel Castro Ruz (1926-2016), cuyo ejemplo nos guía y alienta en esa cruenta lucha que nos ha impuesto el imperialismo estadounidense desde hace más de seis décadas.

¿Cuáles fueron los factores motivaciones que inclinaron su vocación hacia los estudios biomédicos, y posteriormente, hacia la literatura?

Desde niña quise ser médica. Hubo una pediatra, llamada Minerva de la Cueva, que visitaba nuestra casa cuando mi madre consideraba que debía atenderme alguna enfermedad que ella misma no sabía tratar. Me fascinaba el arte de esa mujer: la manera en que me auscultaba, me exploraba los reflejos, me examinaba la garganta; me encantaba hurgar en su maletín negro, palpar el estetoscopio, el martillo, el esfigmomanómetro. Yo le hacía muchas preguntas, que supongo debieron exasperarla, pero era una gran doctora, muy paciente con los niños […]. Yo decidí con 6 o 7 años que sería pediatra, al igual que la doctora Minerva, y eso le produjo una gran alegría a mi madre, la doctora Adelaida de Juan (1931-2018), quien también quiso estudiar Medicina, pero acabo cursando la carrera de doctor en Filosofía y Letras.

Una vez graduada me hice especialista en Medicina Interna, porque me dolía ver cómo fallecían los niños, en ocasiones, sin poder hacer absolutamente nada para evitar tan fatal desenlace. Ejercí la Medicina durante veintiocho años, y aun lo hago, aunque no de forma oficial.

Por otra parte, siempre he escrito, toda la vida. Los seis años que estuve becada en la escuela «Lenin» me proporcionaron, además de miles de experiencias vitales, el hábito de escribir cartas. Mis padres y yo nos comunicábamos dos veces por semana mediante cartas, que nos enviábamos gracias a otras madres que iban a la escuela martes y jueves a colaborar con la limpieza […]. Y luego, cuando me fui a África como médico internacionalista, mantuvimos el hábito de escribirnos mis padres y yo.

El género epistolar me fascina, es donde más cómoda me siento. Nunca pensé dedicarme profesionalmente a la literatura. Más bien era el modo de sentirme cerca de mis padres, lo que me inició en el mundo fascinante de las letras, pero nunca vislumbré que algún día fuera considerada una escritora. Yo solía decir que la Medicina era mi esposo formal, y la Literatura, un amante. Luego de dos décadas de cultivar esos dos amores, ganó el amante, y se invirtieron los papeles. Por esas dos profesiones siento mucho respeto y un cariño muy especial […].

Doctora, ¿podría establecer un paralelo entre la Medicina y la Literatura?

La Medicina es un sacerdocio, una vocación de servicio de la cual es imposible escaparse del todo. La literatura se complementa muy bien con ese placer de entregarse a los demás. En la práctica de una y otra, todo el tiempo se está pensando en el otro o no yo (como diría un psicoanalista con orientación ortodoxa o lacaniana), o —al menos— me sucede a mí. Ser médica me enseñó a escuchar, y ser escritora, me permite contar.

¿Cómo usted calificaría la literatura?

La literatura es un don que se tiene o no se tiene, al igual que la música, la pintura, la danza, el cine, y todas las manifestaciones artísticas. Así como se «aprende a capar capando», según reza el dicho popular, se aprende a escribir bien cuando se lee mucho, todo el tiempo […] Leer tiene que ser un acto placentero, además de instructivo […]

¿Qué representa para usted la literatura?

Para algunos, la literatura es un modo de mal ganarse la vida, o de hacer concesiones para obtener regalías, o alcanzar un protagonismo que no merecen. No sé, pero yo la percibo de otra manera, lo cual no significa que sea mejor. No escribo para buscar notoriedad. Intento ser cronista de mi tiempo, dar voz a tantas mujeres que no disponen de un espacio para expresarse, y de ser posible, trato de movilizar conciencias a través del humor, siempre que sea posible. Otras veces no puedo evitar denunciar abiertamente, sin que medie ni un esbozo de sonrisa. La literatura es útil en tanto refleja, denuncia, cuestiona y ayuda a encontrar intersticios.

¿Qué significa para usted tener un padre poeta, escritor y ensayista eminente, y una madre ilustre crítica de arte?

Ser mujer, nacida del vientre de una mujer excepcional, la primera feminista que me topé en la vida, constituye una raya más para el tigre. Siempre supe que el esfuerzo sería doble, siempre estoy alerta, sé que la literatura de nosotras es valorada por la crítica desde una óptica diferente a la utilizada en los hombres, pero estoy consciente de que el miedo es paralizante, y que debemos batallar sin descanso. […] Ser hija de quien soy es un privilegio que no merezco, ya que todo lo que soy se lo debo a mis padres, y solo a mis padres, se lo deberé eternamente.

¿Algo que desee agregar para que no se le quede en el tintero?

Claro que sí. Solo decirle que, en todos los momentos, escribo. Cada día lo inicio escribiendo, aunque —a veces— obligada por las circunstancias, dicho acto se limite a la imaginación. Vivo pensando en lo escribible, que es —por supuesto— casi todo.

Fuente: Sitio de la UNEAC

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