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Martí, en la luz del arte

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Martí, en la luz del arte



Por Toni Piñera

Fuente: Granma Digital

Si hay un nombre que no podía faltar en este jolgorio por el Bicentenario de la Academia de Bellas Artes San Alejandro (1818-2018), es el de José Martí, nuestro Héroe Nacional. Con su fugaz paso por la Escuela dejó la luz de su presencia, la huella eterna de un hombre que es patria, arte, cultura y todas las palabras que puedan esculpir lo grande.

Él junto a otros muchos nombres indispensables son cimientos que muestran, a la altura de dos siglos, una sólida obra, levantada con amor. Su presencia, que enorgullece a la Academia, llega en los trazos de un artista y profesor, suerte de altar a un hombre inmenso, conjugando en cada una, a través del tiempo, hechos, momentos, palabras, adjetivos, poesía, símbolos, subrayando, con transparencias, el espíritu y el valor que nos dejó como legado.

En los trabajos que viene realizando desde hace mucho tiempo José Miguel Pérez, se observa un método que le permite trabajar sobre la tela disfrutando con la aplicación de la materia; la libertad lo guía en el encuentro de la mancha y en la distribución de luces y sombras. De esa manera intuitiva y al mismo tiempo laboriosa, encontró el camino para ocupar con la razón, los espacios espontáneos que tiene la creación artística.

José Miguel imagina a Martí de muchas formas, pero siempre encuentra al ser humano que enfrentó, en su corta y fructífera existencia, una inmensa carga de obstáculos que venció, sin perder nunca la fe en la victoria. A esa fibra martiana es a la que hace alusión con su pintura. Por eso la envuelve de color, flores, fauna, pues él es consciente de que la realidad estética y humana de Martí, en pintura, no puede definirse por la apariencia visible-fotográfica, sino por la equivalencia a sus caracteres vitales, y sobre todo, por la sinceridad puesta en la obra del creador.

Sus piezas definen una condición: no es posible recrear la presencia de un hombre sin sentirla antes. Mágica operación donde revela códigos de su existencia, tratados en sutiles composiciones.  En ellas está su sentir, piel adentro. Por ejemplo, en Como patria, Cuba y la noche, nos remite al sufrimiento de Martí en la lejanía, cuando angustiado por no estar en la Isla amada físicamente, podía «tocarla» en los sueños…  En estos «misterios» artísticos regresa ahora el Apóstol, transformado en cada gesto/trazo de las pinturas, surgiendo entre formas, tonalidades, como canto íntimo, como monte entre los montes, sin dejar de ser lo que representa para todos nosotros.

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